LA BÚSQUEDA DE DIOS: UNA FACETA IGNORADA DE OCTAVIO PAZ

Desde la razón creyente

Por: Luis-Fernando Valdés López | 2018-04-13

El valor de ser católico

El próximo 19 de abril, se cumplirá el vigésimo aniversario del fallecimiento del poeta y ensayista  mexicano, Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990. Su legado a las Letras y al pensamiento han sido de una riqueza inconmensurable. Por ello, me parece de justicia revalorar su obra literaria, cuya calidad -de manera indiscutible- se agiganta con el paso del tiempo, y por otra parte, considero necesario revelar a los lectores una faceta poco conocida en este escritor: su apasionada búsqueda de Dios.

 

Más de alguno se preguntará, no sin cierta sorpresa: ¿Pero Octavio Paz no fue un ateo o agnóstico? Por increíble que parezca, nuestro Premio Nobel siguió un largo y tortuoso itinerario ideológico. Desde su infancia, recibió formación católica. Al llegar la juventud entró en una crisis religiosa y abrazó la doctrina del marxismo-leninismo, al punto que –durante la Guerra Civil Española- decidió ir al país ibero para apoyar la causa republicana.

 

Pero, en septiembre de 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (U.R.S.S.) y Alemania decidieron repartirse como botín de guerra el territorio de Polonia. Paz se convenció que José Stalin era tan dictador como Adolfo Hitler y que todo ese  discurso del dirigente ruso de trabajar “por el bien de las causas del proletariado y de las aspiraciones obreras” no era más que demagogia. Sus reflexiones se recogen en un espléndido libro titulado El Ogro Filantrópico, que constituye una dura crítica al sistema comunista. Y demuestra, con sólidos argumentos, cómo históricamente esta utopía socialista ha engañado a millones de  sus seguidores.

 

Como consecuencia de su desencanto por el Comunismo, el ilustre poeta mexicano inició un prolongado “camino de búsquedas”, como solía decir, dentro de las corrientes de pensamiento vanguardistas de su época. En su libro Itinerario –de carácter autobiográfico- manifestó que no le agradaba que lo etiquetaran de “ateo” ni de “agnóstico”, porque él se consideraba un hombre abierto a lo Trascendente, “a la Otredad”.

 

En los años sesenta, fue designado Embajador de México en la India. En ese país oriental conoció de cerca la religión Budista. Hizo un notable esfuerzo por adentrarse en ella y entrar en  comunión con esa creencia, pero relata que en ella no descubrió a Dios, sino “una especial vacuidad”, la nada; un angustioso vacío que le producía vértigo…

 

Tiempo después comentaba: “Descubrí  que de oriente me separa algo más hondo que el cristianismo: no creo en la reencarnación.  Creo que aquí nos la jugamos del todo, no hay otras vidas”.

 

En una célebre entrevista que le hizo el reconocido político y periodista, Carlos Castillo Peraza, el Nobel de Literatura le confió que en la India tuvo un nuevo acercamiento hacia el cristianismo. Relata que, cierto día, entró en una iglesia católica y un sacerdote estaba celebrando Misa. Con sencillez reconoce: “La escuché con fervor. Lloré. (…) Sentí la presencia de eso que han  dado en llamar la “Otredad”. Mi ser ‘otro’ dentro de una cultura que no era la mía. Mi identidad histórica”. Y concluía: “Dialogo con esa parte de mí mismo que es más que el hombre que soy porque está abierta al infinito. (…) Hay en los hombres una parte abierta hacia el infinito, hacia la “Otredad”.

El ser humano -añadía- no es el resultado de la ciega casualidad. Y consideraba que el hombre de nuestro tiempo había caído en una profunda crisis espiritual al haberse dejado arrastrar por el relativismo, el agnosticismo y el materialismo hedonista.

 

Es reveladora esta declaración en el ocaso de su vida: “Voy a cumplir ochenta años. (…) A esta hora Don Quijote se resigna a ser Alonso Quijano y se dispone a poner en orden su alma”.

 

En uno de sus últimos y más bellos poemas, titulado “Hermandad”, escribió: “Soy hombre: duro poco/  y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas me escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en ese mismo instante / alguien me deletrea”.

 

Finalmente, Paz comprendía que pertenecía a un Dios Creador, más cercano a él de lo que imaginaba y que, además, buscaba comunicarse íntimamente con el poeta. El Nobel de manifestaba un hondo gozo, como quien descubre un tesoro largamente buscado, su finalidad última, con ese cristalino y significativo verso: “alguien me deletrea”. El escritor J.M. Cohen afirma que: “La búsqueda de Paz es en esencia religiosa”.

 

“Paz no soslaya -comenta Rafael Jiménez Cataño, especialista en este poeta- la parte escatológica de la Otra Vida. Pienso que podemos decir con cierta confianza que el ansia de felicidad es también ansia de inmortalidad. Queremos ser felices para siempre”.

 

Después de una apasionada búsqueda, como en círculos concéntricos, Octavio Paz descubre a un Dios que es Eterno, y por tanto, no tiene principio ni final. Además, es fuente de la Felicidad Última. Sin duda, este descubrimiento suyo se revela como de gran actualidad y vigencia para el hombre de nuestro tiempo.



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