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Viernes, 11 Mayo 2012 18:02

VI DOMINGO DE PASCUA
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EL MANDAMIENTO DEL AMOR (Jn 15,9-17)

<< 9Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí: Permanezcan en mi amor. 10Si guardan mis mandatos, permanecerán en mi amor, así como yo permanezco en el amor del Padre, guardando sus mandatos. 11Yo les he dicho todas estas cosas para que en ustedes esté mi alegría, y la alegría de ustedes sea perfecta. 12Mi mandamiento es este: Amense unos con otros como yo los he amado.

13No hay amor más grande que éste: Dar la vida por sus amigos. 14Ustedes son mis amigos si cumplen lo que les mando. 15Ya no les llamaré servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su amo. Les llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. 16Ustedes no me escogieron a mí. Soy yo quien los escogí a ustedes y los he puesto para que vayan y produzcan fruto, y ese fruto permanezca. Y quiero que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los dé. 17Yo les ordeno <esto: Que se amen unos con otros>>. El domingo pasado reflexionamos que para tener vida son necesarias dos condiciones: Estar injertados en Jesús y producir mucho fruto, solos no podemos hacer absolutamente nada, ya el Señor nos lo ha dicho: <<Sin mí nada pueden hacer>>. Es importante subrayar que un auténtico discípulo se identificará en la medida en que produzca fruto, recordemos las Palabras de Nuestro Señor a la luz del evangelio de San Mateo: <<Por sus frutos los reconocerán>> (Mt 7,16). El texto de San Juan afirma que esta es la gloria de Dios, el producir abundantes y buenos frutos (Jn 15,8). No basta entonces estar en plena comunión con el Señor, es más el <<permanecer en él>> se verificará en la medida que se estén dando los frutos, si no hay frutos, no se permanece en el Señor y por tanto no se es auténtico discípulo…desde la comparación simplemente <<seríamos ramas secas y muertas en espera de ser quemadas>> (Jn 15,6). Según mi propuesta a la luz de la teología joánica de los signos, el que el resucitado les haya mostrado las manos y el costado (Jn 20,20), tiene muchísimo significado, más si lo revisamos a la luz del capítulo 15 de San Juan, <<corazón y manos>>; sentimiento y acción; la praxis de Jesús es manifestación de su amor; el amor de Jesús lo lleva a tal praxis…precisamente esta praxis es la que llevó definitivamente a los discípulos de Emaús a reconocerlo en la fracción del pan (Lc 24,30-31), que ya hemos dicho que no sólo se trata de los gestos empleados por el Señor, sino ante todo de todo lo que implicaba la eucaristía: El amor y la generosidad con la que se movió hacia las personas. <<Manos y corazón>>, me pregunto por qué San Juan menciona primero <<las manos>> y luego <<el costado>> (Jn 20,20), pienso que siguiendo su lógica de los sentidos aplicado a la experiencia de Dios que para él es Espíritu y no puede verse (Jn 1,18), y que la única posibilidad es en la Encarnación de la Palabra eterna (Jn 1,14), solo mediante la materialización de Dios en el Hijo y palpándolo, mirándolo es como se puede tener conocimiento de Dios (1Jn 1,1-4). De la misma manera el amor es un sentimiento, es una realidad espiritual y solo se puede percibir en la praxis, en su materialización: El amor de Jesús se mide por las huellas de las manos, al amor se accede por las obras que se realizan. Jugando con aquella Palabra de Dios encontrada en la comunidad de San Juan: <<El que dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve? (1Jn 4,20). Al Padre no lo podemos ver directamente, pero sí a través del Hijo, <<El que me ha visto a mí ha visto al Padre>> (Jn 14,9), de hecho el argumento decisivo utilizado por Nuestro Señor para llamar a sus discípulos a la vida de fe son sus obras: <<Créanme: Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí; al menos créanlo por esas obras>> (Jn 14,11). Las obras que Jesús realiza no pueden venir de un hombre ordinario, sino de alguien especial. De suyo los estudiosos del evangelio de San Juan afirman que hay mucho de contexto helenístico, algo así como si estuviera dialogando o más bien confrontándose con el pensamiento griego. Para estos el ser o la naturaleza de una persona determina su acción, como quien dice que si tenemos naturaleza humana, obviamente tendremos acciones humanas; y si Jesús tiene <<obras que no son humanas>>, eso revela que en él hay una naturaleza que no sólo es humana, sino divina: <<por sus frutos los conocerán>>. Estoy consciente que me alejé un poquito del punto, pero espero que este argumento sirva de algo en la reflexión; primero las manos, es decir <<los quehaceres>>, y todo esto nos lleva indiscutiblemente al grande corazón, a su costado tan lleno de amor. El verdadero discípulo necesariamente tiene que mostrar su amor (Jn 15,8), y esto se podrá comprobar en la medida en que se produzcan buenos y abundantes frutos, así las obras son la confirmación de vivir en el amor de Jesús, y unas obras que brotan por supuesto del amor de Dios hacia los hermanos. Esta es la verdadera producción de frutos que espera de todos nosotros el resucitado: El amor que se traduce en acción, el sentimiento que se vuelve hecho y realidad; a San Juan le urge que tengamos claro esto, ya que se trata de la fuerza y el poder para vencer la muerte. Ya que el amor es la fuerza generadora de la vida, Dios antes de ser Creador es Amor (1Jn 4,8), y su amor se descubre al llamar al mundo a la existencia, al ser…el Amor se concretiza en la acción de crear la vida, y no podemos negar que por medio de la Creación se puede llegar a afirmar la existencia de Dios (Sab 13,1-5). Si uno de los argumentos favoritos de Platón que lo llevaba a la afirmación de Dios era la <<belleza>>, yo pienso, siguiendo la experiencia del apóstol San Juan que el camino fundamental <<es el amor>>. Solo mediante la experiencia del Amor se puede llegar a la afirmación de Dios: <<Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios, pues Dios es amor>> (1Jn 4,7-8)…<<Nadie ha visto nunca a Dios, pero si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se dilata libremente entre nosotros>> (1Jn 4,12). Jesús que ha estado desde el principio en el seno del Padre (Jn 1,18), ha estado compenetrado del Amor del Padre, como diríamos ha <<respirado amor>>, y amor del Padre, que lo ha <<engendrado a la vida>> (monogenés, <<Único engendrado>> 1,14.18) desde toda la eternidad; y es bien sabedor que solo <<el amor>> es capaz de vivificar a los hombres, de experimentar la <<Pascua>> como paso de la muerte a la vida, por eso es la insistencia de su Palabra en este domingo: <<Permanezcan en mi amor…como yo permanezco en el Amor del Padre>> (Jn 15,9-10). Si se quiere tener vida es condición fundamental estar en <<comunión con Jesús>>, de la misma manera que él está en comunión con el Padre: <<Como el Padre, que vive, me envió, y yo vivo por él, así quién me come a mí tendrá de mí la vida>> (Jn 6,57). Es exactamente el mismo sentido de las palabras: <<Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí nada pueden hacer>> (Jn 15,5). Lo que está en juego no es otra cosa que la vida, y la vida sólo estará garantizada en la medida que se viva el amor. Podemos hacernos la pregunta ¿Y cómo sabremos si permanecemos en comunión con el Hijo de Dios? La misma palabra de Dios nos da la respuesta: <<Si guardan mis mandatos, permanecerán en mi amor>> (Jn 15,10), y siguiendo la interrogación y ¿Cuál es el mandato del Señor? <<Amense unos a otros como yo los he amado>> (Jn 15,12.17). ¿De qué manera se puede demostrar el amor? <<No hay amor más grande que éste: Dar la vida por sus amigos>> (Jn 15,13). No hay que perder de vista que en el fragmento que hemos escuchado este domingo de 8 versículos, cinco veces aparece la fórmula de mandamiento (v.10.10.12.14.17), el amor es mandamiento del Señor. Si tuviéramos una mentalidad netamente judía captaríamos la fuerza de lo que Jesús quiere decirnos que se trata de un mandamiento. Hay que recordar a la luz de la teología del Deuteronomio lo que significa para un israelita el recibir los mandamientos de Yahvéh: <<Estos son los mandamientos, las normas y las leyes que Yahvéh, Dios de ustedes, me mandó, para que yo les enseñe a cumplirlos en la tierra que va a ser de ustedes…Escucha, pues, Israel, guárdalos y ponlos en práctica. Así te irá bien y te multiplicarás en esta tierra que mana leche y miel, como lo prometió Yahvéh, Dios de tus padres>> (Dt 6,1.3). Inmediatamente viene un texto que es conocido en la tradición judía como el <<Shemá>> para muchos el corazón mismo de todos los preceptos que el Señor habría entregado a Israel por medio de Moisés: <<Escucha, Israel: Yahvéh, nuestro Dios, es el único Yahvéh. Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas>> (Dt 6,4-5). Desde el presupuesto de la teología deuteronomista la fidelidad de Israel a los mandamientos de Dios será la garantía de su felicidad y de la posesión de la tierra prometida (Dt 6,18), como también lo podemos constatar al final del capítulo quinto del Deuteronomio: <<Guarden y cumplan las cosas que Yahvé les tiene ordenadas. No se desvíen ni a la derecha ni a la izquierda. Sigan en todo el camino que Yahvéh les ha marcado; así vivirán y serán felices y sus días se prolongarán en la tierra que van a conquistar>>. (Dt 5,32-33). Para mí no deja de ser de especial interés en que a la par del cumplimiento de los mandamientos del Señor va la promesa de la vida y de la felicidad; términos que indiscutiblemente aparecen también ligados al tema de <<guardar los mandatos>> de Jesús, quién no permanezca en él (cumpliendo sus mandatos) <<se secará como ramas muertas>> (v.6), y <<yo les he dicho todas estas cosas para que en ustedes esté mi alegría, y la alegría de ustedes sea perfecta>> (v.11). Se trata de un mandamiento que en definitiva conduce a la vida y a la realización de la persona en la felicidad. Este mandamiento del amor que Jesús nos ordena, deberá ser en primerísimo lugar resultado del amor con que él nos ha amado, eso significa que antes de darlo, es necesario <<recibirlo>>, antes de amar, hay que experimentar el amor de Jesús. Revisemos el mandamiento: <<Amense los unos a los otros como yo los he amado>>, es decir, que para amarnos, es necesario haber sido amados; no podemos amar, si antes no hemos experimentado el amor: <<Nadie da lo que no tiene>> y este punto lo tiene bastante claro el apóstol San Juan: <<No somos nosotros los que hemos amado sino que él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados: en esto consiste el amor>> (1Jn 4,10). A la luz de este texto para mí la exigencia del mandamiento del amor de Jesús tiene dos momentos, en primer lugar, << dejarse amar por el Señor Jesús>>, porque en eso consiste el verdadero amor…y en segundo lugar, una vez experimentado ese amor, ser capaces de amarnos los unos a los otros. Me pregunto y ¿Cómo es el amor de Jesús? Una vez más me gusta que la Palabra de Dios nos responda: <<Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama>> (Jn 15,9). El amor que brota del corazón de Jesús, es amor del Padre, es amor de Dios…es más, Dios es amor (1Jn 4,8). Estamos parados ante la esencia de Dios, la vivencia del amor llevará al ser humano a encontrar en su propio ser lo más divino que tiene. Y ¿Cómo es el amor de Dios? No olvidemos que el amor de Dios es ante todo <<paternal>>, mira a su criatura como un auténtico <<hijo>> y en quien pone sus complacencias; la misma experiencia de Jesús en el Bautismo, es la misma experiencia a la que es invitado todo ser humano (Mc 1,11), en lo personal me agrada la idea de que el amor paternal de Dios es que alguien de entrada <<se sienta el dedo chiquito de Dios>>, y que el amor del Padre es iniciativa de él, se trata de un movimiento que parte del corazón mismo de Dios hacia el hombre sin que este tenga mérito alguno. En ese sentido se habla del amor incondicional del Padre, es decir, que antes de que uno lo ame, él nos ha amado primero, por el simple hecho de ser sus criaturas, eso es lo que se llama <<por pura gracia de Dios>>. Nadie merece el amor del Padre, pero él lo ofrece de manera gratuita, este es el grande asombro del apóstol San Juan: <<Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo aquél que en él crea, no se pierda sino que tenga vida eterna>> (Jn 3,16). Me parece que podríamos jugar un poquito con el texto, ciertamente hay que creer en el Hijo para alcanzar la salvación; pero también si se me permite, la salvación se dará en la medida que se crea en <<ese amor>> del Padre que desborda toda expectativa humana. Tendríamos que hacer un recorrido en los evangelios para darnos cuenta a partir de la praxis de Jesús la grandeza del amor del Padre, porque el amor del Padre sólo lo podemos encontrar en Jesús, << ¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí?>> (Jn 14,9). Tan sólo quiero traer a mi memoria las llamadas <<parábolas de misericordia>>, especialmente la del <<Padre misericordioso>> (Lc 15,11-32) que se muestra amoroso con ambos hijos, naturalmente de manera especial con el más pequeño que no tiene nada que ofrecerle al Padre puesto que lo ha perdido todo, y en contra parte el Padre le ofrece toda su ternura, <<su Padre lo vio y sintió compasión, corrió a echarse a su cuello y lo abrazó>> (Lc 15,20). Modelo para todo cristiano que de entrada sabe que la iniciativa en el tema del amor es de Dios, que este amor, jamás será resultado de mi arrepentimiento, con esto quiero decir que <<Dios no me ama porque me arrepentí>>, primero es el amor de Dios y luego como fruto de la experiencia de este amor gratuito viene el sincero arrepentimiento (Lc 15,21). El amor de Dios es incondicional, no necesitamos portarnos bien para que seamos merecedores de su amor, simplemente nos ama tal y como nosotros somos, con todo lo que hacemos o hemos dejado de hacer, porque su amor ante todo es por su criatura, en cuanto a su ser, no a su quehacer. Este amor no solo es incondicional, lo es también eterno, dejemos que resuene su Palabra proclamada desde el Antiguo Testamento: <<Pero, ¿Puede una madre olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, ¡Yo nunca me olvidaría de ti! (Is 49,15). Ya de por sí esta imagen es conmovedora, es muy probable que en la época del profeta era algo extraordinario que una madre pudiera abandonar al hijo de sus entrañas, y efectivamente ocurría, no sin ser visto como algo verdaderamente desagradable, porque la fuerza del amor de una madre es impresionante; para el profeta, esta experiencia jamás podrá venir del corazón de Yahvéh que supera en muchísimo al amor de una madre. El amor de Dios permanecerá para siempre, me impresiona mucho que el texto dice <<porque te tengo tatuado en mi brazo>> (Is 49,16), y recordemos que antiguamente el tatuaje es parte ya del cuerpo y de la carne de quien lo portaba; el tatuaje es parte del ser de la persona, lo porta todo el tiempo y ya no s puede separar de él. Según la tradición bíblica los dos atributos que definen el ser de Yahvéh son el amor-misericordioso y la fidelidad (Hésed we Emet), <<Yahvé, Yahvéh es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad>> (Ex 34,6). Los dos atributos se hacen uno en el Señor, ciertamente es misericordioso, y su misericordia se muestra en la fidelidad, por su ser jamás puede apartarse de Israel, y esto que quede bien claro, aunque Israel corra tras los falsos dioses…una vez que él ha realizado una Alianza con Israel, en razón de su ser no puede quebrantarlo, es la manera como lo ha comprendido el profeta Isaías: <<Los cerros podrán correrse y moverse las lomas; más yo no retiraré mi amor, ni se romperá mi alianza contigo; lo afirma Yahvéh, que se compadece de ti>> (Is 54,10). Una de las imágenes que no deja de conmover es aquella que fruto de la experiencia humana y emocional del profeta Oseas tras la infidelidad de amadísima mujer…él la vuelve a desposar porque en verdad está <<locamente enamorado>> de ella, muy a pesar de que todo mundo se ha enterado que se ha entregado al amor de sus amantes. A propósito escribí <<locamente enamorado>>, ya que solamente alguien que esté como él puede pasar por alto semejante traición, y en medio de la mentalidad de su tiempo. Pero la fuerza del amor es capaz de eso, quizá un tanto parecido al amor de Jesús que es hasta el extremo (Jn 13,1), que ha dejado sorprendido al Apóstol San Juan tanto en cantidad, que no se puede medir, ni en calidad, ya que de qué manera ha demostrado el Padre su amor por el mundo que ha entregado a su Único Hijo (Jn 3,16). Pero volvamos a la experiencia del profeta, que desde la interpretación de fe lo aplica al amor que Dios tiene para su pueblo, que aún cuando ha corrido detrás de los ídolos, Yahvéh la sigue amando e incluso la desposará: <<Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y compasión>> (Os 2,21), <<y sucederá aquel día, que ella me llamará: Marido mío, y no me llamará más: Baal mío. Yo quitaré de su boca el nombre de los Baales…>> (Os 2,18.19). La verdad suprema de Dios es que <<Dios es amor>> (1Jn 4,8) y que el amor consiste en que Dios nos ha amado primero antes que nosotros a él (1Jn10), todo es pura gracia, pienso que es el sentido también de las palabras de Jesús de este domingo: <<No me han elegido ustedes a mí sino que yo los elegí a ustedes>> (Jn 15,16), y él libremente, por puro amor nos ha llamado para ser <<sus amigos>> (Jn 15,15). Volvamos al punto que había trazado un poco más arriba, a mi juicio el mandamiento del Maestro, de Nuestro Señor y por qué no <<de Nuestro Amigo>>: <<Amense los unos a los otros como yo los he amado>> (Jn 15,12.17), tiene como primero momento el que nos dejemos amar por el Padre Dios, antes de que el Señor nos pida o nos exija que amemos, lo primero es experimentar el amor del Padre a través del amor que él ha sido capaz de entregarnos. ¿Cómo podemos amar si antes no nos han amado?, pero Dios ha derramado su amor en nuestros corazones, tomando la iniciativa, <<somos hijos amadísimos de Dios>> por libre elección de Dios. Es exactamente lo que nos dice el evangelista San Marcos a propósito de haber sido llamados por él: <<Subió al monte y llamó a los que él quiso: y vinieron donde él>> (Mc 3,13). Antes de que el Señor nos pida que amemos, primero hay que aceptar el amor gratuito y generoso de Dios, que a pesar de nuestros pecados ha enviado a su Hijo a morir por nosotros…sólo quien tiene esta experiencia del amor incondicional del Padre será capaz de amar, antes de que Dios nos pida algo, en palabras de San Agustín, primero nos da lo que nos va a pedir. Si nos pide que lo amemos, primero él nos ama, e incluso nos dará en Pentecostés el Espíritu de Amor para poder hacer crecer el amor de Dios en nuestros corazones. Así que quedémonos en este domingo con la primera parte del mandamiento, hay que experimentar el amor de Dios, por tanto la propuesta fundamental del cristianismo no es en este sentido <<una vivencia de normas o exigencias éticas>>, sino dejarse amar por Dios que se convierte en nuestro Padre amoroso…se trata de una experiencia, de un encuentro con Aquel que nos amó hasta el extremo (Jn 13,1). Y un segundo momento, que no deja de ser importantísimo es la respuesta a ese amor que nos debe llevar a la producción de mucho fruto. Dije que era importante porque en la medida que amemos al modo de Jesús, se estará verificando que en verdad nos hemos encontrado con el amor del Padre.

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