El domingo anterior reflexionamos la metáfora de Jesús como <<<el Buen pastor>>, y la característica fundamental de este pastoreo <<es dar la vida por las ovejas>> (Jn 10,10.11.15.17.18); pero también se dijo que las ovejas, auténticas por decirlo así, son las que escuchan su voz y lo siguen (Jn 10, 14.16). Con el verbo escuchar se da a entender que hay que obedecer la voz del Señor, única voz o palabra que es capaz de dar vida en abundancia, al que la escucha y la sigue, es decir, vive conforme a ella.
Concluimos que ante tantas voces que se escuchan hoy en día de personas o instituciones que se presentan como <<pastores>> o como <<gurúes>>, término utilizado para decir que se tratan de guías espirituales; la clave para reconocer si son <<verdaderos guías>> o asalariados (v.13), asaltantes (v.7.10), y en caso extremosos hasta <<lobos>> (v.12), es si están dispuestos a dar la vida por las personas y si en verdad producen vida en quienes se dejan <<conducir>> por ellos…sin embargo, la Palabra de Dios afirma categóricamente que el único y auténtico Pastor (v.7.11.11.14), líder o gurú, es Jesucristo, esta es la pretensión de la fe cristiana
Por tal motivo es importantísimo aprender a discernir, a distinguir la voz de Jesús y las voces que resuenan en cada esquina de nuestra ciudad, y esto se logra solamente de dos maneras: Ejerciendo el poder de reflexión que todos tenemos, y confrontando todas las voces a la luz de la voz del Señor contenida en la Sagrada Escritura, y decidirse por aquella voz que es capaz de producir vida en las personas.
En este quinto domingo de Pascua, estamos retomando la segunda imagen que a la tradición judía le gustaba para expresar metafóricamente la relación de Dios con su pueblo, dijimos que existen muchas en el Antiguo Testamento, por ejemplo: El Dios alfarero (Gen 2,7), jardinero (Gen 2,8), etc. Pero de todas las imágenes, tres son las representativas porque tienen que ver directamente con el origen y la vida de Israel, a saber: La pastoril, así la imagen del pastor( Sal 23, Ez 34); la agrícola, así la imagen de la vid (Is 5,1-7); y finalmente, el amor entre los esposos (Os 2,1-25). Todas estas imágenes son originales del Antiguo Testamento, no las inventó Nuestro Señor Jesucristo, la gran novedad radica en que él se las aplicó a sí mismo.
Recordemos que el domingo pasado señalé que estas tres imágenes fueron retomadas por el evangelista San Juan, en el orden en que aparecen en su evangelio: Jesús comienza su ministerio realizando el primer signo de convertir el agua en vino en el contexto de una boda, Jesús es el esposo esperado, es el tiempo de la boda entre Dios y la Iglesia (Jn 2,1-11). La imagen del domingo pasado del Buen pastor (Jn 10,1-18), y la imagen que vamos a reflexionar en este domingo es el de la vid (Jn 15,1-8).
Cabe señalar que estas imágenes no solamente fueron retomadas por San Juan, sino por toda la tradición cristiana, así los sinópticos presentan a Jesús como el auténtico pastor en la parábola de la oveja perdida, que para mí el título correcto puntualizando la figura del pastor es <<parábola del buen pastor>> (Lc 15,1-7; Mt 18,12-14; 1Pe 5,1-4); la figura de Jesús como el novio la podemos encontrar también en el evangelio de San Mateo(Mt 25,1-13; 22,1-13) y en el libro del Apocalipsis (Ap 21,9), y la imagen de la vid en la parábola de los viñadores asesinos (Mt 21,33-46), especial interés hay que prestarle a esta imagen que originalmente se le aplicaba en Israel al pueblo como tal, imagen que según san Mateo es trasladada al Reino de Dios entregado a la Iglesia de quien se espera de los frutos a su tiempo (Mt 21,43). La novedad radica ahora desde la perspectiva de San Juan, <<la Vid>> es Jesucristo, aquí radica la originalidad de la aplicación de la escuela joánica.
La imagen de la vid es muy querida en la tradición bíblica, está muy en contacto con una de las actividades de Israel y de muchos pueblos de la antigüedad, si bien tiene que ver con uno de los productos que es <<vital>> para ellos, a la par del trigo (no hay que perder de vista que son los elementos fundamentales de la Eucaristía: Pan y vino), sólo mediante la producción de estos frutos se garantiza la vida del pueblo, por tanto se está tocando una fibra de la vida israelita.
Si el fruto de por sí es garantía de la vida, Jesús es todavía más radical, se adjudica el ser el tronco, el árbol, da a entender que para que haya fruto, se requiere que haya ramas y para que las ramas estén vivas y produzcan, es indispensable estar unidos al tronco, al árbol; es decir, la verdadera vida no está en el fruto, sino de donde brota en realidad, en el tronco del árbol, y ese es la imagen de Jesucristo, formidable comparación.
Ciertamente nosotros los que estamos viviendo aquí en la ciudad de México, no tenemos la experiencia de estar en contacto con una huerta de uvas, pero no es necesario estar en una de ellas para poder entender el mensaje del Señor, y podríamos pensar en otras imágenes más de acuerdo a lo que hemos visto; lo importante aquí es captar el espíritu del mensaje de Jesús.
En toda huerta de frutas, sobre todo si son árboles, es necesario limpiarlas de los arbustos, de podar las ramas para mayor desarrollo de las mismas, en ocasiones se ven ramas secas que inmediatamente son cortadas y echadas al fuego; trabajo de suyo ordinario en cualquier huerta…y naturalmente la alegría del agricultor, es una huerta que produzca muchísimo fruto, ya que esto le reditúa buena ganancia.
Quizá esto no le diga mucho a las personas que ya no están en contacto con alguna actividad agrícola y más bien inmersas en el urbanismo de la ciudad, ya motorizada y compenetrada por las computadoras, los celulares y respirando un ambiente de desarrollo tecnológico…sin embargo, el tema de la <<vida>> sigue siendo muy importante, pienso que en condiciones normales, ninguna persona va a querer <<morir>>, todos queremos vivir; y la parábola o la metáfora toca dos temas de capital importancia para las personas de hoy en día, a saber: La vida y la producción.
El primer punto que hay que desarrollar a partir del texto es la vida, ¿Quién quiere morir? Absolutamente nadie, en condiciones normales, <<queremos vivir>>. Habría que lanzar la pregunta ¿Qué hay que hacer para vivir? Interesante que la ciencia y la tecnología modernas se han presentado como la solución para todos los problemas o <<males>> de la humanidad y ellas combaten a la muerte o si mejor se prefiere se lucha por prolongar la vida lo más que se pueda…pero, al final de la lucha, el poder de la muerte termina por demostrar que es más fuerte que la ciencia y la tecnología, parece que estamos irremediablemente <<destinados>> a la experiencia de la muerte, por tanto, lo más radical que le sucederá a la vida es la muerte.
Nos movemos en un campo de problemas y soluciones, la propuesta del Buen Pastor es la vida, como quien dice, él está proponiendo una solución al tema de la muerte, su <<voz>> afirma: <<Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia>> (Jn 10,10), y en otro texto, responde definitivamente a las grandes interrogantes de la existencia humana: <<Yo soy el camino, la verdad y la vida>> (Jn 14,6).
A la luz del texto de este domingo, Jesús declara que él es la respuesta al problema de la muerte, o si se quiere formular de otra manera, él tiene la solución para no morir y continuar viviendo. Preguntemos ¿Qué propone Jesús como solución al problema de la muerte? ¿Qué se necesita para no morir? Dejemos que su <<voz>> nos dé la respuesta: <<El que no se quede en mí, será arrojado afuera y se secará como ramas muertas: hay que recogerlas y echarlas al fuego, donde arden>>. Jesús está proponiendo que para no terminar <<secos y muertos>> es necesario estar unidos a él, permanecer en él y la <<savia>> que él tiene en sintonía con la metáfora del árbol frutal, <<es el amor>>: <<Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí: Permanezcan en mi amor>> (Jn 15,9).
La fuerza del amor es más poderosa que la fuerza de la muerte, el amor es capaz de dar la vida y dar vida y recobrar la vida: <<El Padre me ama porque yo mismo doy mi vida, y la volveré a tomar>> (Jn 10,17). No puedo evitar el recordar las huellas que el resucitado mostró a los discípulos según San Juan: <<Después de saludarlos, les mostró las manos y el costado>> (Jn 20,20), yo he querido ver siguiendo a San Juan, que el costado, más o menos donde se ubica el corazón, como la sede del amor de Jesús que es hasta el extremo (Jn 13,1), y que quiso mostrarlo literalmente en la cruz (Jn 19,34), para dar a entender que era la fuerza que lo movió a dar la vida por todos; por eso esa huella es imborrable para mostrar que es la fuerza con la que se venció a la muerte: La Pascua es desde esta perspectiva, la victoria del amor sobre la muerte.
Jesús por tanto exige, llama la atención que hay que estar unidos a él mediante la fuerza del amor, es la primera condición para permanecer en la dinámica de la vida; pero esto no basta, el texto de este domingo llama la atención en el tema de la producción, segunda condición para la vida: <<Hay que producir frutos>> (Jn 15,2.4.5.8). Una vez más es necesario recordar la segunda huella que mostró el resucitado: <<las manos>>, que son los <<instrumentos>> que tiene el ser humano para <<hacer>>, <<producir>> y transformar su entorno, su vida y la de los demás; así las huellas de las manos del resucitado recuerdan su <<quehacer>>, su praxis dicen algunos; es una manera de decir que mediante las manos Jesús realizó tantas acciones a favor de los hombres movido por el amor, sus manos son la concreción del sentimiento: <<Corazón y manos>> son la fuerza transformadora de la vida, es garantía de la derrota de la muerte.
Me parece que es la gran propuesta del Señor en este domingo como bien dice su palabra: <<Si guardan mis mandatos, permanecerán en mi amor, así como yo permanezco en el amor del Padre, guardando sus mandatos>> (Jn 15,10), como se nota que ambos elementos van unidos: Amor que se traduce en obediencia y acción. Este punto de la acción o lo que llamé producción es la más desarrollada en la metáfora de este domingo, y está expresada en la exigencia de Jesús a los discípulos de producir frutos: << (el Padre) limpia toda rama que produce fruto para que dé más>> (v.2); <<Mi Padre encuentra su gloria en esto: Que ustedes produzcan mucho fruto, llegando a ser con esto mis auténticos discípulos>> (v.8).
Como puede constatarse en la metáfora, el verdadero discípulo es aquél que <<busca la gloria de Dios>> y esta consiste en <<producir mucho fruto>> (v.8) y el Padre hace todo lo necesario para que esa rama no sólo produzca, sino que produzca cada vez más (v.2); esto es lo que al Padre le agrada.
En la comunidad de Mateo se tiene bien claro este punto, allá se le denomina al producir fruto <<hacer la voluntad del Padre>> (Mt 7,21), antes de este texto ha mencionado de fondo la misma parábola o metáfora <<del árbol que produce frutos>>, afirmando que <<por sus frutos los conocerán>> (Mt 7,16.19), dejando en claro que el árbol bueno se conoce por sus frutos buenos; jugando un poquito y desde el matiz que encontramos en San Juan sobre esta metáfora, Jesús es presentado como el árbol, naturalmente <<un árbol bueno>>, por tanto, los frutos tendrían que se <<buenos>> y de hecho a sí los fueron: <<Este hombre se manifestó como un profeta poderoso en obras y palabras>> (Lc 24,19), siguiendo a San Lucas en la misma línea: <<Dios había dado autoridad a Jesús de Nazaret entre todos ustedes: hizo por medio de él milagros, prodigios y cosas maravillosas, como ustedes saben>> (Hc 2,22).
Esto significa que por los frutos que Jesús produjo <<era un excelente árbol>>, por cierto en el via crucis encontramos el mismo sentido en las palabras del Maestro: <<Porque si así tratan al árbol verde, ¿Qué harán con el seco? (Lc 23,31), extraordinario, no sólo es el árbol bueno por excelencia, sino el árbol verde, una manera de decir, el que está vivo, en contra posición del <<árbol muerto>> que no produce frutos y si los hace, son frutos malos al modo como denuncia el profeta Isaías las injusticias de Israel en el cántico de la viña (Is 5,1-7).
El punto está en que este <<árbol bueno>> ha llamado a muchos a continuar con <<la producción de buenos y abundantes frutos>>, es cuando entran en acción los discípulos, que curiosamente no son denominados <<árboles>> en el evangelio de San Juan, ya que se continúa con la misma producción del Señor Jesús y no por cuenta propia, se trata entonces de estar <<injertados>> al modo de las ramas en el único y verdadero tronco o árbol de la vida. Está clara la idea: <<No somos árboles independientes>>, somos ramas del único árbol que es Jesús y la meta es la gloria de Dios: <<producir abundantes frutos buenos>> (v.8). Desde la teología joánica sólo existe un árbol, pretender ser otros árboles , sería una osadía que nos conduciría a no estar en plena sintonía con el Maestro; así que nos queda<<ser ramas injertadas>> al único árbol, porque ninguna rama puede sobrevivir sin estar unida al árbol, de entrada se moriría, se secaría (v.6), por tanto, no produciría fruto (v.4), <<ya que sin mí no pueden hacer nada>> (v.5), para finalmente ser arrojada a la basura y ser quemada (v.6).
Siguiendo la lógica de San Mateo, <<Todo árbol bueno da frutos buenos>> (Mt 7,17), por tanto, tremenda responsabilidad que tenemos los discípulos ante el mundo, puesto que al ser <<ramas-discípulos>> del árbol bueno, necesariamente tenemos que <<producir frutos buenos>> y si esto no está sucediendo, la causa no es el árbol, sino el punto habría que buscarlo si estamos en comunión verdadera con él; <<Como la rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece en la planta, así tampoco pueden ustedes producir frutos si no permanecen en mí>> (v.4), y podemos preguntar, ¿Cómo podremos saber si permanecemos unidos a la planta? En definitiva dejemos que el Señor nos lo responda con su palabra: <<Si guardan mis mandatos, permanecerán en mi amor, así como yo permanezco en el amor del Padre, guardando sus mandatos>> (v.10).
Esta es la clave de todo el texto: <<Permanecer en el amor de Jesús guardando sus mandatos>>, un poco más adelante dirá el Señor de forma bellísima: <<Mi mandamiento es éste: Amense los unos a los otros como yo los he amado>> (Jn 15,12.17; 13,24), un amor que es extremoso (Jn 13,1) y que brota desde el corazón mismo de Dios, puesto que Jesús ama desde el Amor del Padre (Jn 15,9), en esa misma línea se tiene que amar desde el amor de Jesús, que en definitiva es amor del Padre y este es el criterio por excelencia para verificar, <<medir>> si permanecemos unidos a él: <<Así reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se tienen amor unos con otros>> (Jn 13,35).
Este punto hay que señalarlo, no basta <<hacer>> un montonal de cosas a favor de los demás, es fundamental que brote del corazón mismo de Jesús, desde el amor de Jesús, porque alguien puede estar haciendo mucho por las personas, pero no necesariamente por amor y desde el amor, ya que cuando se realiza desde el amor de Jesús se genera la vida en la sociedad para la gloria de Dios, mientras que lo otro, <<activismo puro>>, no genera la vida, sino que tiene como finalidad otros intereses, un tanto así como la crítica que realiza Jesús contra <<la praxis farisea del compartir los bienes en el dar limosna>>, que en definitiva, es desde el amor de sí mismo, no desde Dios (Mt 6,3-4).
Recapitulando mi reflexión: La fuerza que es capaz de vencer la muerte, es el amor, ya que ella es generadora de vida, sólo desde ella se puede producir abundantes y buenos frutos, y un amor que brota desde el corazón mismo de Jesús y que se aterriza en el amor a los hermanos. Curioso que se escucha hablar a las personas cuando se refieren al tema de la relación íntima: <<Hacer el amor>>, si se comprendiera lo que se quiere decir en realidad, ya que <<hacer el amor>> no es solo tener sexo, o centrarse en el tema del placer que también permanece en el plano de la creación de Dios, ya que no es maléfico, ni una experiencia <<sucia>> o que Dios repudie, ya que él es su Autor.
<<Hacer el amor>> es llamar al otro a la vida, es generar la vida; así cuando Dios creó de la nada todas las cosas, <<hizo el amor>>, de la misma manera, cuando Jesús venció a la muerte, tanto en la cruz como en la Resurrección, <<hizo el amor>>; cuando los esposos legítimamente conciben un hijo, es <<hacer el amor>>, es llamar al otro a la vida y que se prolonga con los cuidados que le procuran.
Hoy el resucitado nos invita a <<hacer y vivir en el amor>> fuerza que brota del corazón del Padre y que es capaz de dar vida y vida en abundancia, esta es la verdadera Pascua en el Señor y según el itinerario pascual que hemos recorrido hasta el momento, él nos ha dado todos los medios necesarios para realizarla: Pertenencia a la comunidad apostólica, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, la presencia de su Espíritu, el don de la reconciliación, la tarea misionera y la presencia permanente del Resucitado en nuestras vidas.
<<Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca…pasarán todas las cosas, pero el amor nunca pasará>> (1Co 13,1-8), porque al final de todo camino descubriremos que <<Dios es amor>> (1Jn 4,8).